Nuestra querida mascota, YoSiLeo, asistió a la fiesta de carnaval del colegio. Con un disfraz de "Hada de los libros", participó en el día de la celebración.
viernes, 28 de febrero de 2014
viernes, 21 de febrero de 2014
Día de Las Letras Canarias 2014
Agustín Millares
Sall
Nació el 30 de junio de 1917 en Las Palmas de Gran Canaria y falleció en 1989.
Cuando se cumplen 25 años de la muerte de Agustín Millares Sall, El Gobierno de Canarias ha querido dedicarlo este año a tal ilustre poeta. Este acuerdo reivindica la memoria para las nuevas generaciones de la obra de un poeta comprometido con su tiempo y de un luchador que no aceptó doblegarse a la Dictadura.
Fue un miembro destacado de la generación de poesía social en Canarias. Miembro de la Antología Cercada y de Planas de Poesía, entre sus obras figuran algunos títulos tan significativos como Poesía Unánime, Segunda Enseñanza, Función al Aire Libre. Algunos de sus textos fueron llevados a la canción por Taburiente, Caco Senante, Palo, Rosa León y Los Sabandeños.
Fue Premio Canarias en 1985.
Recordar que el Día de las Letras Canarias tiene lugar el 21 de febrero, fecha en la que se conmemora el aniversario de la muerte de don José de Viera y Clavijo, claro exponente de nuestra literatura y de otras áreas del conocimiento, que tuvo lugar el año de 1813 en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.
He venido de la playa
Llevo arena en los zapatos
Incómodo caminando
Logro llevarla a mi casa
La pongo allí boca abajo
Descalzo
Me desprendo de su carga
Dando por cerrado el caso.
Pero la breve montaña
Consigue hacer el milagro
De acompañarme entre sábanas
Y hacemos noche en la cama
Como dos recién casados
Que cabalgan
Invadiendo la acrobacia.
viernes, 14 de febrero de 2014
Día de los enamorados
Día de los enamorados.
Durante la semana del 14 de febrero, invitamos a la Comunidad Educativa a regalar piropos por San Valentín. En ese tiempo se fueron recogiendo piropos dedicados, anónimos..., pero educados.
Haz llegar tu
“Piropo
educado”
a la
bibliopatio, antes del viernes
14 de febrero.
*Puedes
poner tu nombre y curso.
*Puede
ser anónimo, pero respetuoso.
*Puedes
poner a quién va dirigido, siendo cortés.
Un poco de historia
La palabra piropo procede del griego pyropus, que significa rojo fuego. Los romanos tomaron esta palabra de los griegos y la usaron para denominar piedras preciosas de color rojo: una variante del granate, pero también el rubí. El rubí simbolizaba el corazón, y era la piedra que los galanes regalaban a la mujer a la que pretendían conquistar. Pero, naturalmente, no todos podían regalar rubíes, por lo que tenían que suplirlos regalando hermosas palabras.
Otra versión afirma también que la palabra procede del griego, pero de pyros fuego y oops vista, apariencia, con el significado de ojo deslumbrado por la belleza.
http://themaskedlady.blogspot.com.es/2010/01/historia-del-piropo.html
“Las puertas
que abre un piropo en el corazón de la mujer, rara vez se cierran. Bombones,
flores, diamantes, son bienvenidos, también. Pero un piropo… les juro que nos
desarma, y que hasta la más arisca, aunque por fuera se haga la recia, al
escuchar un “requiebro” siente cosquillas en el estómago y cascabeles en el
alma”.
Terín Collado, alias
Graciela Fernández
Escritora.
http://terincollado.blogspot.com.es/2008/06/los-efectos-teraputicos-del-piropo.html
Que se hunda la tierra o se separen los mares.
A l@s loc@s como yo,
A l@s loc@s como yo,
les falta un tornillo
como tú.
Si existe algo más bonito que
tú, Dios lo debe tener escondido en el paraíso.
jueves, 30 de enero de 2014
Día de la PAZ.
DÍA DE LA PAZ
Un grupo de alumnos, al visitar la bibliopatio para su hora de lectura, se encontraron con diferentes libros de Gloria Fuertes y una gran paloma blanca, acompañada de unos grandes corazones.
Descubrieron a la escritora y el tipo de lectura que podían encontrar en sus libros. Y por último debían encontrar, en ellos, poesías donde la paz y el amor se hicieran presentes y escribirlas en los diferentes corazones.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Navidad
CUENTO
En el pueblo de Santos Cielos, todos los años y desde hace
mucho tiempo, cada ocho de diciembre se armaba un gran árbol de Navidad en la
plaza principal. Todos colaboraban en su decoración.
Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito, ofrenda o cartita, para que el árbol cada año luciera más bonito que el anterior.
Era una especie de fiesta para todos, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto nunca falta alguna persona que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de bola, el tamaño de la cartita.
Lógicamente, cada uno de los habitantes del pueblo armaba el arbolito en forma muy parecida a cómo vivía su vida.
Los más sencillos, colocaban adornos simples, pero no por eso menos bonitos. A los que les gustaba presumir, colocaban los adornos más grandes y que más llamaran la atención de todos. Las personas más serias, ponían bolas de color morado, lisos o tal vez verde oscuro, los más alegres, bolas y cintitas de todos los colores.
El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero como realmente era muy bueno el nombre le venía como anillo al dedo.
Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el día 8 y terminarlo el 24 de diciembre.
El alcalde se encargaba de revisar uno por uno los adornos que la gente llevaba para que todo estuviera en orden. Así era que evitaba más de un problema.
– ¿Qué se supone que traes ahí Clarita? Preguntó asombrado Don Bonachón al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.
– Es para nuestro árbol pues le combinan los colores, los sabores no me gustan pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más ¿buena idea verdad?
El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.
– ¿A que adivino preciosa? Este rico helado lo has traído para mí ¿verdad? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y además con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!
Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.
Luego llegó Pedrito un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. La verdad es que no había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, pero no dijo nada.
Al rato llegó una señora muy adinerada en su lujoso coche. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.
– Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta lucirá como el mejor de todos y ésto, gracias a mi generosidad. Dijo la señora adinerada.
Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.
Después de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción.
La gente seguía trayendo adornos, bolas y cosas para el árbol que poco a poco se iba llenando.
La Navidad se acercaba y Pedrito iba todos los días y también todos los días hacía lo mismo. Paradito frente al árbol abría su manita pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y con una inmensa sonrisa se iba.
Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito, ofrenda o cartita, para que el árbol cada año luciera más bonito que el anterior.
Era una especie de fiesta para todos, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto nunca falta alguna persona que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de bola, el tamaño de la cartita.
Lógicamente, cada uno de los habitantes del pueblo armaba el arbolito en forma muy parecida a cómo vivía su vida.
Los más sencillos, colocaban adornos simples, pero no por eso menos bonitos. A los que les gustaba presumir, colocaban los adornos más grandes y que más llamaran la atención de todos. Las personas más serias, ponían bolas de color morado, lisos o tal vez verde oscuro, los más alegres, bolas y cintitas de todos los colores.
El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero como realmente era muy bueno el nombre le venía como anillo al dedo.
Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el día 8 y terminarlo el 24 de diciembre.
El alcalde se encargaba de revisar uno por uno los adornos que la gente llevaba para que todo estuviera en orden. Así era que evitaba más de un problema.
– ¿Qué se supone que traes ahí Clarita? Preguntó asombrado Don Bonachón al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.
– Es para nuestro árbol pues le combinan los colores, los sabores no me gustan pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más ¿buena idea verdad?
El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.
– ¿A que adivino preciosa? Este rico helado lo has traído para mí ¿verdad? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y además con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!
Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.
Luego llegó Pedrito un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. La verdad es que no había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, pero no dijo nada.
Al rato llegó una señora muy adinerada en su lujoso coche. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.
– Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta lucirá como el mejor de todos y ésto, gracias a mi generosidad. Dijo la señora adinerada.
Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.
Después de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción.
La gente seguía trayendo adornos, bolas y cosas para el árbol que poco a poco se iba llenando.
La Navidad se acercaba y Pedrito iba todos los días y también todos los días hacía lo mismo. Paradito frente al árbol abría su manita pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y con una inmensa sonrisa se iba.
Realmente nadie entendía bien qué pasaba con él.
– ¿Nos está tomando el pelo? Decía un señor pelado muy enojado.
– ¡De esta manera no vamos a terminar ni para Reyes! Se quejó Don Apurado mirando una y otra vez el reloj.
– ¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de paso, y no deja nada. No es Justo. Gritaba la señora adinerada.
– Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace. Dijo Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.
– ¿Nos está tomando el pelo? Decía un señor pelado muy enojado.
– ¡De esta manera no vamos a terminar ni para Reyes! Se quejó Don Apurado mirando una y otra vez el reloj.
– ¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de paso, y no deja nada. No es Justo. Gritaba la señora adinerada.
– Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace. Dijo Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.
Se acercaba el último día y todos se apuraban por terminar
de llevar sus adornos. Clarita intentó un par de veces más llevar un postre
helado y hasta gelatina de frutillas, pero Don Bonachón supo solucionar la
situación.
Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás, con la misma sonrisa de siempre.
El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que había quedado precioso. Todos los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué.
Las más coquetas contaron que lo habían adornado con bolas porque estaba a la moda.
Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.
Los descreídos confesaron que no le habían puesto nada.
Los desganados que le habían puesto lo primero que habían encontrado.
La señora adinerada contó que le había puesto lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía.
Don Bonachón escuchó a todos y cada uno de los vecinos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.
– ¿Y tú Pedrito, que le ofreciste al árbol?
De repente se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había ofrecido al arbolito y que por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo a contestar.
Pedrito escuchaba pero no decía nada. Miraba al gran árbol y la gran sonrisa seguía firme en su carita.
Cuando Don Bonachón consideró que se había hablado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.
– Ahora sí Pedrito, dinos que le diste cada día al árbol por favor.
Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido pues sabían que el niño nada había ofrecido. Pedrito se paró y dijo:
– Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día le ofrecí mis sueños, otro el amor que siento por mi familia, otro las ganas de hacer cosas, otro día mis deseos de ser mejor y así le fui dando todo lo que tengo en mi corazón.
– ¡Qué ridículo! Dijeron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.
Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás, con la misma sonrisa de siempre.
El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que había quedado precioso. Todos los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué.
Las más coquetas contaron que lo habían adornado con bolas porque estaba a la moda.
Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.
Los descreídos confesaron que no le habían puesto nada.
Los desganados que le habían puesto lo primero que habían encontrado.
La señora adinerada contó que le había puesto lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía.
Don Bonachón escuchó a todos y cada uno de los vecinos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.
– ¿Y tú Pedrito, que le ofreciste al árbol?
De repente se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había ofrecido al arbolito y que por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo a contestar.
Pedrito escuchaba pero no decía nada. Miraba al gran árbol y la gran sonrisa seguía firme en su carita.
Cuando Don Bonachón consideró que se había hablado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.
– Ahora sí Pedrito, dinos que le diste cada día al árbol por favor.
Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido pues sabían que el niño nada había ofrecido. Pedrito se paró y dijo:
– Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día le ofrecí mis sueños, otro el amor que siento por mi familia, otro las ganas de hacer cosas, otro día mis deseos de ser mejor y así le fui dando todo lo que tengo en mi corazón.
– ¡Qué ridículo! Dijeron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.
Don Bonachón, emocionado por un lado y un poco triste por la
reacción de su gente, les habló así.
– Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año.
La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho no importa.
– Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año.
La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho no importa.
– ¿Y entonces me quiere decir porque hace años que
venimos adornando este árbol si no se trata de adornos la cosa? Gritó un señor
muy enojado.
– La Navidad tiene símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas –intentó explicar Don Bonachón– pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad y para que cada uno de ustedes pusiera lo mejor de sí, ni más, ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.
– La Navidad tiene símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas –intentó explicar Don Bonachón– pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad y para que cada uno de ustedes pusiera lo mejor de sí, ni más, ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.
Después de ese 24 de diciembre, las Navidades no volvieron a
ser las mismas en Santos Cielos. Hay que decir que los arbolitos de los años
que siguieron, no tenían tantos adornos como los anteriores, pero cada vez
había más personas que depositan en aquel hermoso símbolo lo más preciado de
sus vidas.
Eso sí, algo no cambiaria jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.
Eso sí, algo no cambiaria jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.
sábado, 23 de noviembre de 2013
23 de noviembre, día mundial de los bosques autóctonos.
El Til o Garoé
Es uno de los árboles más emblemáticos de la flora
macaronésica y uno de los componentes básicos de los maravillosos y
paradisíacos bosques de laurisilva. En las Islas Canarias le llaman Til, Garoé,
Árbol santo y Árbol-fuente y su nombre científico, Ocotea foetens, nos recuerda
que su madera, de muy buena calidad, no se puede trabajar cuando está fresca
por su hedor insoportable. Una vez se ha secado pierde el mal olor y es una
madera muy bella, de un color amarillo verdoso, durísima y duradera, muy
apreciada en ebanistería. A finales del siglo XVI se prohibió su exportación
para evitar la tala masiva de este árbol imponente que puede alcanzar los 40
metros de altura. Pertenece a la família de las Lauraceae como el barbusano
(Apollonias barbujana), el viñátigo (Persea indica) y el laurel canario (Laurus
novocanariensis), todos ellos componentes esenciales de los bosques de
Laurisilva macaronésica. Es endémico de las Islas Canarias y Madeira.
Majestuoso
tronco de Garoé de un metro de diámetro en el paradisíaco Bosque de Los Tiles
al norte de la isla canaria de La Palma. Estos árboles han podido crecer en
total libertad y se muestran con todo su esplendor. Se ven las enormes raíces sobresaliendo de la tierra
como si fuesen los dedos de una pata de cigüeña, dando así estabilidad al árbol
y los troncos múltiples que crecen muy rectos buscando la luz.
Varios troncos de til o garoé en el mismo Bosque de Los
Tiles. Los rayos de luz que dejan pasar sus copas permiten el crecimiento de un
rico sotobosque compuesto principalmente por helechos macaronésicos, como
Woodwardia radicans, Diplazium caudatum, Culcita macrocarpa y Adiantum
reniforme y también por la hiedra canaria, Hedera canariensis, la bellísima
Gesnouinia arborea, pariente gigante de la parietaria y la Canarina
canariensis, con flores que parecen pequeñas campanas rojas.
Los antiguos moradores de las Islas Canarias, los guanches, adoraban este
árbol como a un dios. Hace cuatro siglos en la Isla del Hierro había un
imponente garoé solitario con un tronco que superaba el metro y medio de
diámetro y una grandiosa copa, que cada día, cuando subía desde el mar la brisa
marina cargada de humedad, la condensaba en sus hojas y caía gota a gota como
si fuese una verdadera lluvia, la llamada lluvia horizontal típica de toda la
Macaronesia, proporcionando a los bimbaches, los guanches de la pequeña isla,
toda el agua que necesitaban. Para recogerla excavaron a su alrededor pequeñas
cisternas que prácticamente cada dia se llenaban. Sin el agua de su estimado y
adorado Arbol-fuente, su árbol santo, su dios, no hubieran podido sobrevivir,
puesto que en esta isla la lluvia normal es escasísima.
Cuando los europeos invadieron las Islas Canarias y robaron a los guanches sus
estimadas islas, la última en ser conquistada fue El Hierro. Los nativos de la
pequeña isla sabían que los invasores no podrían sobrevivir sin agua. Guardaron
reservas del preciado liquido y después llenaron de tierra las cisternas del
garoé. Confiaban en esta carta para salir victoriosos, pero una muchacha
bimbache, Agarfa, se enamoró de un invasor andaluz y le reveló el secreto del
agua, justo cuando los europeos ya estaban desesperados de sed y se preparaban
para abandonar la isla. Aquella traición fue la perdición para los bimbaches.
Los invasores se apoderaron del árbol sagrado, vaciaron de tierra las cisternas
que pronto estuvieron llenas de agua y a los nativos no les quedó más remedio
que rendirse al conquistador Juan de Bethencourt, quien acto seguido,
traicionando su palabra, les encarceló y esclavizó.
Como si los dioses de los aborígenes canarios quisieran castigar a los
invasores, un día del año 1610 un viento huracanado arrancó de raíz el viejo
garoé y los nuevos habitantes de la isla, mezclados ya con los pocos
descendentes de los bimbaches, se quedaron sin su fuente de agua. Desesperados
de sed mandaron una carta al Rey de España pidiendo ayuda, pero los
peninsulares no entendieron las palabras que hablaban de un árbol sagrado,
pensaron que no eran más que supersticiones y no hicieron caso de la carta.
Esto provocó que muchos de ellos murieran de sed.
Una de las características más típicas del árbol-fuente son estos dos
bultitos en el anverso de las hojas, que se corresponden en el reverso con dos
verrugas llenas de pelos. Sólo los tienen las hojas de los árboles adultos. Los
plantones jóvenes carecen de ellos.
Reverso de
las hojas anteriores con las dos verrugas pilosas. La de la izquierda casi
siempre está más cerca del pecíolo de la hoja.
Detalle de las dos verrugas pilosas del garoé, cuya función se desconoce.
No desprenden ningún olor concreto ni parecen contener ningún animalillo diminuto,
lo cual descartaría que fueran agallas. Una hipótesis aventura que estas
verrugas podrían ser un carácter evolutivo de simbiosis con algún insecto o
arácnido, que viviría entre los pelos y protegería de alguna manera al árbol de
la depredación de los insectos fitófagos. Otra hipótesis dice que los
pelos desprenderían unas fitoferomonas con un olor sólo perceptible por los
insectos, olor que sería repelente, evitando así que se comieran las hojas. Y
por último también se podría pensar que los pelos son una especie de sensores
del grado de humedad ambiental, de manera que el árbol, en caso de sequía,
sería capaz de mover las hojas y ponerlas de una manera ideal para condensar el
máximo de humedad de la brisa marina. Sólo son hipótesis. Tal vez algún día
conoceremos su función.
Microfotografía de una verruga seccionada mostrando su contenido. Sólo se
ve un amasijo de pelos sin ningún animalillo.
Otra microfotografía a 40 aumentos de una verruga de Ocotea foetens.
Imagen tomada en el preciso momento del paso de la brisa
marina por encima de las copas de los árboles de Laurisilva. Está brillando un
sol radiante y de repente ves venir una niebla gris que en cuestión de segundos
te rodea. No ves nada, notas en la cara la caricia gélida y húmeda de la niebla
y te dan escalofríos. En pocos segundos vuelve a salir el sol y ves alejarse la
niebla que barre las copas y deja miles de toneladas de agua dulcísima
condensada en sus hojas, que cae gota a gota como si fuera una lluvia normal.
Es el maravilloso fenómeno llamado lluvia horizontal. La cara y la ropa te
quedan empapadas y entiendes el porqué en islas con tan poca pluviometría puede
haber bosques tan exuberantes.
Bellísimas
flores de Ocotea foetens, propias de todas las lauráceas.
Detalle de una flor de garoé.
Frutos
todavía verdes de Ocotea foetens, con su capucha que recuerda a las bellotas.
Frutos
maduros de garoé con el tamaño y la forma ideales para ser tragados por las
palomas endémicas macaronésicas rabiche y turqué, que después de digerir su
pulpa regurgitan o defecan las semillas lejos del árbol que dió los frutos,
ayudando así al mantenimiento de estos bosques maravillosos.
domingo, 10 de noviembre de 2013
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